Diez Principios para el Humanismo del Siglo XXI

Documento facilitado por José Luis Villacorta, doctor en Filosofía y Letras y miembro de Ícaro Think Tank, sobre la conferencia de la filósofa JULIA KRISTEVA [1] en Roma.
(Traducido del original en francés por Carmen Echevarría)
¿Qué es el humanismo? ¿Un gran punto de interrogación en el lugar de lo más grande y serio? Es en la tradición europea, greco-judeo-cristiana, donde se produce este suceso que no cesa de prometer, de decepcionar y de refundarse. Cuando Jesús se describe (Jn 8,24) en los mismos términos que Elohim dirigiéndose a Moisés (Ex 3,14) diciendo: “Yo soy”, define hombre –y anticipa el humanismo- como una “singularidad indestructible” (según los términos de Benedicto XVI).

Singularidad indestructible que no solamente lo enlaza a lo divino más allá de la genealogía de Abraham (como lo hacía ya el pueblo de Israel), sino que innova. Porque si el “Yo soy” de Jesús se extiende del pasado y del presente al futuro y al Universo, la zarza ardiente y la Cruz se vuelven universales.
Cuando el Renacimiento con Erasmo, las Luces con Diderot, Voltaire, Rousseau y también el Marqués de Sade y hasta este judío ateo que fue Sigmund Freud, proclaman la libertad de los hombres y las mujeres a rebelarse contra los dogmas y las opresiones, a emancipar los espíritus
“¡No tengáis miedo!”, estas palabras de Juan Pablo II no se dirigen solamente a los creyentes a los que se alentaba a resistir al totalitarismo. La llamada de este Papa –apóstol de los derechos del hombre- nos incita también a no temer la cultura europea, sino, al contrario, a atreverse con el humanismo: construyendo complicidades entre el humanismo cristiano y el que, salido del Renacimiento y de las Luces, ambiciona dilucidar las vías arriesgadas de la
libertad. Gracias hoy al Papa Benedicto XVI por haber invitado, por primera vez en estos lugares, a humanistas entre vosotros. y los cuerpos, a poner en cuestión toda certeza, mandamiento o valor, ¿es que abren la vía a un nihilismo apocalíptico? Atacando al oscurantismo, la secularización ha olvidado interrogarse acerca de la necesidad de creer que sostiene el deseo de saber, así como los límites a plantear al deseo de muerte para vivir juntos. Por tanto, esto no es el humanismo, sino sus derivas sectarias, tecnicistas y negacionistas de la secularización que han caído en la “banalidad del mal”, y que favorecen hoy la automatización en curso de la especie humana.
Es por lo que, con vosotros sobre esta tierra de Asís, mis pensamientos se dirigen a San Francisco de Asís: que “no busca tanto ser comprendido como comprender”, ni “ser amado como amar”; que despierta la espiritualidad de las mujeres con la obra de Santa Clara; que sitúa el niño en el corazón de la cultura europea creando la fiesta de Navidad; y quien, algún tiempo antes de su muerte, ya humanista antes de la carta, envía su misiva “a todos los habitantes del mundo entero”. Pienso también en Giotto que despliega los textos sagrados en imágenes vivas de la vida cotidiana de los hombres y de las mujeres de su tiempo, y pone al mundo moderno frente al desafío de sacudir el rito tóxico del espectáculo hoy omnipresente.
¿Se puede hablar todavía del humanismo, o mejor: se puede apalabrar el humanismo?
Y es Dante Alighieri quien me interpela en este instante, celebrando a San Francisco en el Paraíso<!–[if !supportFootnotes]–>[1]<!–[endif]–> de su Divina Comedia. Dante ha fundado una teología católica del humanismo demostrando que el humanismo no existe más que si, y solamente si, nosotros trascendemos el lenguaje por la invención de nuevas lenguas. Como lo ha hecho él mismo, escribiendo en un estilo nuevo la lengua italiana corriente, e inventando neologismos. “Ir más allá de lo humano en lo humano” (“transhumanar”) (Paraíso I: 69), dice, tal sería el camino de la verdad. Se trataría de “atar”, en el sentido de “acoplar” (colocarse ahí, en el “dónde”) (Paraíso 33:138) -como se anudan el círculo y la imagen en un rosetón- lo divino y lo humano en el Cristo, lo físico y lo psíquico en el humano.
De este humanismo cristiano, comprendido como un “ultra-pasaje” de lo humano en el acoplamiento de los deseos y del sentido por el lenguaje, si es un lenguaje de amor, el humanismo secularizado es el heredero a menudo inconsciente. Y se separa afinando sus lógicas propias de las que me gustaría esbozar Diez principios. Que no son diez mandamientos, sino diez invitaciones para pensar caminos de comunicación entre nosotros.
  1. El humanismo del siglo XXI no es un teomorfismo. El Hombre Mayúsculo no existe. Ni “valor” ni “fin” superiores, ningún aterrizaje de lo divino después de los actos más altos de ciertos hombres a los que se llama “genios” desde el Renacimiento. Después de la Shoah y el Goulag, el humanismo tiene el deber de recordar a los hombres y a las mujeres que si nos estimamos los únicos legisladores, es únicamente por la puesta en cuestión continua de nuestra situación personal, histórica y social por la que podemos decidir sobre la sociedad y la historia. Hoy, lejos de desglobalizar, es necesario inventar una nueva reglamentación internacional para regular y dominar las finanzas y la economía mundializada y crear a su término una gobernanza mundial ética, universal y solidaria.
  2. Proceso de refundación permanente, el humanismo no se desarrolla más que por rupturas que son innovaciones (el término bíblico hiddouch significa inauguración-innovación-renovación; enkainosis y anakainosis; novatio y renovatio). Conocer íntimamente la herencia greco-judeo-cristiana, someterla a examen profundo, transvaluar (Nietzsche) la tradición: no hay otro medio de combatir la ignorancia y la censura y de facilitar así la cohabitación de las memorias culturales construidas a lo largo de la historia.
  3. Hijo de la cultura europea, el humanismo es el encuentro de diferencias culturales favorecido por la globalización y la digitalización. El humanismo respeta, traduce y revalúa las variantes de las necesidades de creer y de los deseos de saber que son universales en todas las civilizaciones.
  4. Humanistas, “no somos ángeles, tenemos un cuerpo”. Santa Teresa de Ávila se expresa así en el siglo XVII, inaugurando la edad barroca que no es una Contrarreforma, sino una Revolución barroca iniciando el siglo de las Luces. Pero el libre deseo es un deseo de muerte. Y fue preciso esperar al psicoanálisis, para recoger en la sola y última reglamentación del lenguaje esta libertad de los deseos que el humanismo no censura ni adula, pero se propone dilucidar, acompañar y sublimar.
  5. El humanismo es un feminismo. La liberación de los deseos debía conducir a la emancipación de las mujeres. Después de los filósofos de las Luces que han abierto la vía, las mujeres de la Revolución francesa lo han exigido con Théroigne de Méricourt, Olympe de Gouge, hasta Flora Tristán, Louise Michel y Simone de Beauvoir, acompañadas por las luchas de las sufragistas inglesas, y no olvido a las chinas de la Revolución burguesa del 4 de mayo de 1919. Los combates para una paridad económica, jurídica y política necesitan una nueva reflexión sobre la elección y la responsabilidad de la maternidad. La secularización es todavía la única civilización a la que falta discurso acerca de lo maternal. El vínculo pasional entre la madre y el niño, este primer otro, aurora del amor y de la hominización, este lazo donde la continuidad biológica se convierte en sentido, alteridad y palabra, es una religación. Diferente de la religiosidad como de la función paternal, la religación materna las completa y participa como parte entera de la ética humanista.
  6. Humanistas, por la singularidad compartida de la experiencia interior podemos combatir esta nueva banalidad del mal que es la automatización en curso de la especie humana. Porque somos seres hablando, escribiendo, dibujando, peinando, haciendo música, jugando, calculando, imaginando, pensando, no estamos condenados a convertirnos en “elementos de lenguaje” en la hiperconexión acelerada. El infinito de las capacidades de representación es nuestro hábitat, profundidad y liberación, nuestra libertad.
  7. Pero la Babel de los lenguajes genera también caos y desórdenes, que el humanismo no regulará jamás por la sola escucha atenta prestada a los lenguajes de los otros. Ha llegado el momento de retomar los códigos morales inmemoriales sin debilitarlos, para problematizarlos, renovándolos frente a las nuevas singularidades. Lejos de ser puros arcaísmos, las prohibiciones y los límites son pretiles que no se sabría ignorar sin suprimir la memoria que constituye el pacto de los humanos entre ellos y con el planeta, los planetas. La historia no es del pasado: la Biblia, los Evangelios, el Corán, el Rigveda, el Tao nos habitan en el presente. Es utópico crear nuevos mitos colectivos, no basta tampoco con interpretar los antiguos. Nos aparecen a base de reescribirlos, repensar, revivir: en los lenguajes de la modernidad.
  8. No hay más Universo, la búsqueda científica descubre y no cesa de sondear el Multiverso. Multiplicidad de culturas, religiones, gustos y creaciones. Multiplicidades de espacios cósmicos, de materias y de energías que cohabitan con el vacío, componiendo con el vacío. No tengáis miedo de ser mortales. Capaz de pensar lo multiverso, el humanismo es confrontado a una tarea propia de esta época: inscribir la mortalidad en lo multiverso de lo viviente y del cosmos.
  9. ¿Quién podrá con ello? El humanismo, porque él cuida. ¿La preocupación amorosa del prójimo, el cuidado ecológico de la tierra, la educación de los jóvenes, el acompañamiento de los enfermos, de los discapacitados, de los que envejecen, de los dependientes no detienen ni la carrera adelante de las ciencias ni la explosión del dinero virtual? El humanismo no será un regulador del liberalismo, que será difícil de transformar sin combates apocalípticos ni mañanas cantoras. Tomando su tiempo, creando una proximidad nueva y solidaridades elementales, el humanismo acompañará la revolución antropológica que anuncian ya tanto la biología emancipante de las mujeres, como el dejar-ir de la técnica y de las finanzas, y la impotencia del modelo democrático piramidal para canalizar las innovaciones.
  10. El hombre no hace la historia, sino que la historia somos nosotros. Por primera vez, el Homo Sapiens es capaz de destruir la tierra y a sí mismo en nombre de sus religiones, creencias o ideologías. Por primera vez también, los hombres y las mujeres son capaces de revaluar con toda transparencia la religiosidad constitutiva del ser humano. El reencuentro de nuestras diversidades aquí, en Asís, testimonia que la hipótesis de la destrucción no es la única posible. Nadie sabe qué humanos nos sucederán a los que estamos comprometidos en esta transvaloración antropológica y cósmica sin precedentes. Ni dogma providencial, ni juego del espíritu, la refundación del humanismo es una apuesta.
La era de la sospecha ya no es bastante. De cara a las crisis y amenazas agravadas, ha llegado ahora la era de la apuesta. Osemos apostar por la renovación continua de las capacidades de los hombres y las mujeres para creer y saber juntos. Para que, en lo multiverso, bordeado de vacío, la humanidad pueda perseguir largo tiempo su destino creativo.
Asís, 27 de octubre de 2011 “Jornada de reflexión, diálogo y oración por la paz y la justicia en el mundo”. La versión larga ha sido pronunciada en la Universidad de Roma III, el 26 de octubre de 2011, con la delegación de humanistas y la participación del Cardenal Ravasi.
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[1] Julia Kristeva, nacida el 24 de junio de 1941 en Sliven, Bulgaria, es una filósofa, teórica de la literatura y el feminismo, psicoanalista y escritora francesa de origen búlgaro. Se educó en un colegio francés y luego estudió lingüística en la Universidad de Sofía. En 1965, a la edad de 24 años se trasladó a París,1 estudió en la Universidad de París y en la École Pratique des Hautes Études, al tiempo que publicaba artículos en revistas como Tel Quel, Critique y Langages. Desde 1970 hasta 1983, formó parte del equipo de redacción de Tel Quel. En la actualidad, enseña Semiología en la State University de Nueva York y la Universidad París VII “Denis Diderot”. Su obra, de gran complejidad, se enmarca por lo general en la crítica del estructuralismo (neoestructuralismo y post-estructuralismo), con influencias de Claude Lévi-Strauss, Roland Barthes, Michel Foucault, Freud y, ante todo,Lacan. Está casada con el francés Philippe Sollers. (Nota de la traductora, según Wikipedia)
[2]<!–[endif]–> Una de las tres partes en las que se estructura la Divina Comedia: Infierno, Purgatorio y Paraíso. (Nota de la traductora)

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