Dinámica de sistemas y empleo

Un artículo de Santiago Rivero
La reacción del Gobierno ante los
efectos catastróficos de la crisis fue tomar una serie de medidas, en buena
parte cediendo al apremio de países e instituciones extranjeras, cuya finalidad
inmediata era la reducción del déficit, con el fin evitar de que se disparase
la deuda,  ignorando los efectos que
podrían derivarse de tales medidas. Desgraciadamente, parece que no se tuvo en
cuenta que una determinada economía constituye un sistema dinámico y que, como
tal, reacciona siguiendo unas pautas que, a veces, conducen a unos resultados
finales distintos, incluso contrarios, de los pretendidos.
La situación de un sistema en un
momento dado, por ejemplo la economía de un país, se puede reflejar por los
valores de sus principales variables, o de algunas de éstas. Dichas variables
pueden referirse al importe de la deuda, el gasto, la cuantía del déficit, la
tasa de desempleo, el PIB, el endeudamiento de los ciudadanos, sus ingresos, la
presión recaudatoria, etc. O a otras cuestiones, como la confianza de los
consumidores o las expectativas de determinados colectivos.
Resumiendo, un sistema dinámico
se caracteriza por la existencia de bucles realimentación entre las variables (los
cuales que pueden dar origen a resultados distintos de los pretendidos) y por
la inercia resultante de los retardos en las relaciones entre algunas de las
variables.  Ciertos bucles formados por
las relaciones entre las variables pueden dar lugar a que, al modificar una de
ellas, el sistema reaccione produciendo
efectos indeseados en alguna otra del sistema. Los retardos provocan que cuando
se trate de corregir una situación, el sistema continúe generando los efectos
indeseados durante un cierto tiempo después de tomar las medidas adecuadas.
Como se decía al principio de
este artículo, inicialmente las medidas del gobierno se dirigieron a la
reducción de la deuda, mediante el control del déficit, a través de un aumento
de la recaudación y la reducción del gasto. Solamente bastante tiempo después
se empezó a hablar de otros dos asuntos que reclamaban atención: el crecimiento
económico y el desempleo, cuestiones que como consecuencia de las llamadas
“políticas de austeridad”, no solamente no se resolvían, sino que se agravaban.
Este agravamiento es consecuencia de la dinámica del sistema económico, como se
verá enseguida.
Santiago Rivero (Izquierda) junto con Alberto García Erauskin en el evento “Houston tenemos un problema”
Una línea de acción para mejorar
la situación de déficit es actuar sobre el gasto, tomando las medidas precisas
para prescindir de todo lo superfluo o incluso limitando aquellas partidas que,
siendo convenientes, no sean estrictamente necesarias. Lo realizado en este
sentido parece que no es suficiente: las sobredimensionadas estructuras
administrativas no se han adelgazado, la mayor parte de las sociedades públicas
ahí siguen, con una actividad lánguida, pues no están dotadas de los
presupuestos para desarrollar su actividad, y en bastantes casos son redundantes.
Parece que las medidas de austeridad se centran fundamentalmente en la sanidad
y la educación, cuyos efectos a medio plazo son fácilmente predecibles.
El otro aspecto del déficit, los
ingresos, se resolvió de una forma expeditiva y no demasiado ingeniosa:
aumentando la presión fiscal. El problema es que esta medida no funciona de
igual modo cuando afecta a una población cuya situación económica es desahogada
y cuenta con suficientes ahorros, que cuando se aplica a una población agobiada
por la falta de ingresos como consecuencia del paro y endeuda por los créditos
que tiene que devolver. El efecto de estas medidas es una reducción, en muchos
casos dramática, de la capacidad adquisitiva de los ciudadanos. Y aquí empieza
a asomar el efecto sistémico: este deterioro de la capacidad adquisitiva se traduce
en una reducción del consumo y por tanto de la demanda, lo que lleva a un
encogimiento de la actividad de aquellas empresas que tienen la mayor parte de
su negocio en el mercado interno, las cuales se ven forzadas a tomar medidas
como la reducción de salarios o la disminución  de plantillas, lo cual vuelve a incidir en la
reducción de la capacidad adquisitiva de la población y en un mayor deterioro
del tejido empresarial, estableciéndose así 
un bucle de recesión progresiva. Si a lo expuesto se añade que el efecto
sicológico de la reforma laboral, que lleva a muchos a contraer aún más su
consumo por lo que pudiera pasar, o los efectos adicionales, en lo que a la
demanda se refiere, de las medidas de reducción del gasto, la creación de
empleo se perfila como una utopía, porque la condición absolutamente necesaria
para el aumento de las plantillas es el crecimiento económico. En esta
situación, el empleo joven es el que se llevará la peor parte, dado el lastre
que supone la falta de experiencia de quienes buscan su primer trabajo.
Por todo ello, entiendo que no se
debería hablar de medidas para promoción del empleo joven, sino de medidas para
promoción del desarrollo económico, para lo cual las tomadas hasta el momento
no son ineficaces, sino nefastas.
Por cierto, debido a los efectos
frecuentemente contra-intuitivos de la dinámica de sistemas, el aumento de la
presión fiscal puede conducir a una disminución de la recaudación, como
consecuencia del deterioro de la economía (a nivel de las empresas y de las
personas) que puede llegar a provocar.

 ¿Hay medidas que nos pueden sacar de este
vórtice? Creo que sí, pero no las que se han venido aplicando. Por el camino
que vamos, nuestros jóvenes tienen ante ellos un panorama realmente complicado. 

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