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Jose Luis Villacorta: “Los estados árabes se han preocupado más de construir el Estado que de construir la sociedad civil”


Jose Luis Villacorta es Doctor en Filosofía y Letras con especialidad Historia Moderna y Contemporánea. Ha impartido clases en la Escuela Universitaria de Magisterio “Begoñako Andra Mari” y Universidad de Deusto, especializándose en las áreas de Historia del Arte, Historia de las Religiones, Antropología Islámica y Filosofías orientales. Es miembro de Unescoetxea y Club de Roma. Sus publicaciones y contribuciones en diversos Congresos son reflexiones sobre el diálogo intercultural e interreligioso.
Es un gran amigo de NSF y participa como miembro en su Ícaro Think Tank.
1. En los primeros meses de este año hemos sido sorprendidos por un proceso de revoluciones y reivindicaciones en diversos países islámicos, es el caso de Túnez, Egipto, Yemen, Libia, Siria, Marruecos…la denominada primavera árabe. Un proceso que ha pillado por sorpresa a las sociedades occidentales pero ¿era previsible? ¿Ha habido señales en los últimos años que nos hicieran factible un cambio de rumbo político en estos países?
Históricamente, la demografía ha sido uno de los elementos esenciales a la hora de hacer el análisis de la situación de un país. Si el ritmo de crecimiento de un país no viene acompañado por un desarrollo económico adecuado, el colapso se retardará más o menos, pero llegará. Desde los años 70-80 se veía con preocupación el aumento de ese desequilibrio. Todas las medidas que se tomaron fueron insuficientes. Se abrieron aulas universitarias para una población joven, que demandaba una formación superior. Una vez conseguida, venía la frustración del paro.
Además, hace años que visito esos países y me llamaba la atención el número de antenas parabólicas que presentaban los modos de vida de la otra orilla del Mediterráneo. No hay que ser muy sagaz para darse cuenta del potencial subversivo de la desigualdad. La invasión de imágenes (T.V.) y de mensajes (Internet) del norte hacia el sur era una evidencia manifiesta. Al final, se ha producido el despertar de un sueño gastado: el origen de todos los males no es Occidente, sino los gobiernos corruptos e incapaces de hacer frente a la situación social.
2. Existen pocas experiencias históricas de sociedades islámicas democráticas (la Turquía actual, con Erdogan al frente, ha comenzado a promover el modelo en su último viaje a Egipto y Túnez), y la experiencia en los países occidentales nos ha mostrado como según avanzaba el proceso democratizador las sociedades caminaban más hacia el laicismo. ¿Se puede esperar que en el largo plazo las sociedades árabes se orienten hacia el laicismo, o se van a desarrollar nuevos modelos democráticos donde la religión mantenga su preeminencia social?
Me cuesta pensar muchísimo en una deriva de los pueblos árabes hacia modelos laicistas (después de la experiencia de Turquía y Siria). Suele pensarse en el modelo europeo como paradigma, pero eso es una fantasía más. La historia europea no es ejemplar. Podría pensarse en un “modelo espejo” entre otros, pero nada más.
El ensayo de un modelo democrático con religión integrada y situada en un lugar relevante será el panorama que contemplaremos probablemente, pero en ese escenario vamos a ver las contradicciones entre una cultura política democrática y una religión que todavía no ha hecho su reconversión a la modernidad. No lo van a tener nada fácil. Todo dependerá del papel orientador de Turquía, que considero decisivo, pero no el de Irán. Tengamos en cuenta que son dos países musulmanes, pero no árabes. Por otra parte, no me puedo imaginar que los países occidentales seamos para ellos un modelo a seguir. Lo que sí será de vital importancia es la actitud política de los países europeos cara a los que han dado el paso de la revolución.
3. Los jóvenes han jugado y están jugando un papel muy importante dentro de esta ola democratizadora. Una generación que comparte con el resto de los jóvenes del mundo su pasión por las nuevas tecnologías, en especial las redes sociales. ¿Estos mecanismos de comunicación pueden favorecer un orden mundial limpio del choque de civilizaciones, gracias al contacto de los jóvenes con otros puntos del planeta? ¿Habrá un mejor conocimiento del otro?

Los jóvenes son el gran potencial de la zona, pero necesitan líderes creíbles y honestos. De lo contrario, serán una fuerza colosal, pero represada. No olvidemos que el “choque de civilizaciones” es una expresión que no goza de reconocido prestigio intelectual, aunque reconozco que ha servido para provocar un debate muy interesante. Se suma a todas las teorías catastrofistas que en el mundo han sido.
Hace dos años impartí una conferencia en Rabat ante una asistencia universitaria joven. Primero, la atención y después las preguntas en el diálogo fueron muy interesantes. Emocionado, pregunté al director de la institución que me había invitado a dar la charla: “¡Qué juventud más hermosa! ¿Qué futuro tienen?”. La respuesta fue brutal: “Ninguno”. Esa es la cuestión real. El choque de civilizaciones es una fantasía; la problemática de la juventud en la zona va en otra dirección: crear las condiciones económicas y sociales para resolver su problema más acuciante. De lo contrario, mucho me temo que tenga lugar una evolución hacia posturas fundamentalistas. En ese sentido, debemos recordar la reflexión de Cantwell Smith: “El fundamentalismo no es la solución de un problema, sino la reacción de quienes no soportan el hecho de no poder resolverlo.”
4. Finalmente, ¿qué nos puede decir de la situación de los jóvenes en estos países? ¿Realmente están en condiciones de ser artífices del cambio y consolidarlo?
El panorama es preocupante; cuando das un paseo por las calles de Tánger, Túnez o El Cairo y ves a grupos de jóvenes apoyados en la pared, te preguntas: ¿Cuánto tiempo podrán aguantar en esa actitud? Hay un tema pendiente y es grave: los estados árabes se han preocupado más de construir el Estado que de construir la sociedad civil. Y esa política pasa factura tarde o temprano. Más grave aún: cuando construían la burocracia estatal después de la independencia tenían un objetivo central: patrimonializar el Estado por medio de la sucesión familiar a todos los niveles. Esto es más de lo que una sociedad puede soportar. Cuando pregunté a un joven árabe por qué la fotografía de el-Asad estaba en Siria hasta en la sopa, me contestó: “ Para nosotros el jefe del estado es como un padre y, por eso, lo tenemos presente en todos los lugares”. Tanta ingenuidad me resultaba inconcebible. Los jóvenes se han dado cuenta ya de que esa imagen idílica es una fantasía mortal para ellos. Por eso, forman hoy el grueso de la protesta. Estoy esperando ver el comportamiento de los líderes. Quiero pensar que ningún árabe en su sano juicio resucitará la ideología paternalista (tribal) del Estado, porque la hemos visto saltar en pedazos, aunque se resista agónicamente en Siria (reducida a un estado militarizado). Sólo les queda la vía democrática, que elegirán no por imitación, sino por necesidad.

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