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¿Puede contribuir la neurociencia a unos mejores resultados en los procesos de comunicación y colaboración?

Un artículo de Santiago Rivero, patrono de NSF y miembro del Ícaro Think Tank.

La relación entre las personas, en lo que respecta a la consecución de
un determinado objetivo (o conjunto de objetivos) puede ser de varios tipos.
Puede ser de colaboración, cuando existe un interés común en su consecución,
para lo cual es preciso que previamente exista una visión compartida de dicho
objetivo, así como un interés común en alcanzarlo. Puede ser también de
indiferencia, que es la que se da entre quienes no sienten ningún tipo de
motivación con relación a él. Incluso puede ser de enfrentamiento, lo cual se
produce cuando parte de los miembros de un grupo se afanan en alcanzar unos
determinados resultados, mientras que otros quieren evitarlos, lo que daría
lugar a actitudes antagónicas. Es evidente, que la consecución de objetivos es
más fructífera cuando existe una decidida colaboración entre la mayor parte de
los miembros del colectivo.
En líneas generales, la historia del progreso se basa en la
colaboración entre las personas, aunque en ocasiones la actitud antagónica de
ciertos grupos haya podido servir de acicate para quienes pretendían defender
unos intereses comunes. Es evidente que la colaboración es una actitud que se
considera del mayor interés como factor que potencia la capacidad para
conseguir unos determinados fines. Incluso, quienes compiten en ciertos
aspectos suelen establecer alianzas enfocadas a obtención de unos resultados
que benefician a las distintas partes que pactan para ayudarse mutuamente en la
consecución de resultados de interés común (un ejemplo de esto son ciertos proyectos
colaborativos de I+D, en los que participan empresas de un mismo sector, que
compiten en el mercado).
Es más: sería inconcebible una sociedad
en las que cada cual fuese en pos de sus propios intereses, sin ningún tipo de
colaboración con sus congéneres. Y puesto que es necesaria para la
supervivencia y el progreso, para la organización social y para dar
satisfacción a todo lo que es connatural con la condición humana, más nos vale
que entendamos cuáles son las claves para una eficiente colaboración; entre
ellas, dos tienen una especial relevancia: por una parte, la capacidad de
inhibir la propia perspectiva dentro de un determinado contexto, con el fin de
adoptar la de otros, y por  otro lado, el
conjunto de habilidades que hacen posible una buena comunicación. En realidad, ambas
son sumamente importantes, no solamente para la colaboración, sino para todo
tipo de interrelación entre las personas. El objeto de esta nota es destacar la
significativa contribución que los hallazgos en el terreno de la neurociencia
pueden hacer a una profundización en el conocimiento de los procesos de
comunicación
.
No obstante, es preciso señalar
que el otro aspecto citado, esto es la capacidad
de inhibición de la propia perspectiva en base a la percepción y comprensión de
las de los demás miembros de un colectivo
(cuyo alto grado de
desarrollo en la especie humana no tiene parangón en el resto del mundo
animal), juega asimismo un papel determinante, como pone de manifiesto Michael
Gazzaniga en su libro “Qué nos hace Humanos”[1].
Entre los diversos modos de comunicación, destaca el lenguaje hablado,
entre otras cosas porque pensamos (tal vez equivocadamente) que es el
utilizamos de forma más intensiva. El lenguaje permite una comunicación muy
rica y precisa, especialmente cuando se tiene un buen dominio de él. De hecho,
parece que ha sido la clave para el desarrollo intelectual de la especie humana
y para su supremacía sobre el resto de las especies (aunque no vamos a entrar
aquí en el debate de qué se entiende por supremacía, cuestión sobre la que hay
opiniones variadas, y en ocasiones pintorescas).
Si bien, como se acaba de comentar, el lenguaje ha permitido alcanzar
un alto nivel de maestría y versatilidad en la comunicación, es un hecho bien
conocido que la comunicación puede adoptar muy diversas formas, además de la
verbal. Este es un terreno en el que los psicólogos del comportamiento han
profundizado, encontrando importantes hallazgos. Una interesante síntesis de la
investigación realizada acerca de diferentes formas de comunicación y de los
métodos empleados para ello, se recoge en el libro de Flora Davis,
“Comunicación no verbal”, publicado ya hace tiempo, a comienzos del último
cuarto del siglo pasado.
En él se describen distintas formas de transmisión de información adicional
o alternativa a la que se vehicula a través de las palabras. Además de la
información recogida por el sentido gramatical de la palabra hablada, añaden
información otros “mensajes” emitidos por una persona y recogidos a través de
los distintos tipos de aferencias sensoriales que llegan al receptor. Junto con
el sentido estricto de las palabras, otros aspectos como la prosodia, el tono,
el volumen o cualquier aspecto de la fonología constituyen importantes
elementos de la comunicación. Otro sentido a través del que se recoge una gran
cantidad de información es la visión, que capta aquello que se transmite,
muchas veces de forma no consciente, mediante diversos aspectos del lenguaje
corporal y las expresiones faciales.
Entre las teorías de la comunicación no verbal se encuentran algunas
sorprendentes, como las de Albert Mehrabian y Paul Ekman. El primero de ellos
manifestó que, en situaciones de un elevado nivel de ambigüedad, solamente el
7% de la comunicación se transmite a través de las palabras, mientras que el
38% se atribuye a las características de la voz (entonación, proyección,
resonancia, etc.), y el 55% al lenguaje corporal (gestos, posturas, movimientos
de los ojos, respiración). Aunque esta distribución del mensaje entre las tres
vías mencionadas solamente tenga lugar, como se ha indicado, en algunas
situaciones de alto nivel de ambigüedad, esta teoría plantea el hecho de que,
en algunas circunstancias, el lenguaje corporal aporta mucho más que el
significado de las palabras utilizadas en la comunicación verbal.
Por su parte, Paul Ekman, tras
realizar un amplio estudio en el que analizó individuos de varias razas y
culturas, emitió la teoría de que, en muchas ocasiones, las emociones de una
persona se reflejan en fugaces expresiones de su rostro, de muy corta duración,
de las que puede no ser consciente el propio sujeto que las ejecuta (ni de las
expresiones y a veces, ni siquiera de las emociones subyacentes), y por lo
general, tampoco sus interlocutores. Sin embargo, parece ser que con suficiente
entrenamiento, pueden ser detectadas e interpretadas, permitiendo disponer de
una información adicional y veraz acerca del estado de ánimo de la persona en
cuestión.
Nuestros procesos de comunicación
son mucho más complejos de lo que habitualmente pensamos. Diversos aspectos de
la comunicación se producen de una forma de la que no son conscientes ni el
emisor ni el receptor, pero no por ello el receptor deja de recibir la
información, procesarla y experimentar su influencia, a veces de formas
sorprendentes. Este es un campo en el que la neurociencia puede arrojar luz,
permitiendo ver cosas que de otra forma pasarían desapercibidas.
  
Santiago Rivero charla con Teresa Querejazu en el II Seminario Ícaro
La contribución adicional de la neurociencia ha adquirido una especial
relevancia a partir de la última década del siglo XX, con el desarrollo de las
técnicas de de obtención de neuroimágenes funcionales, que permiten registrar
qué partes del cerebro[2]
se activan cuando se lleva a cabo una determinada actividad mental o física,
así como la forma en que inciden las diversas aferencias sensoriales en la
percepción, la cognición, las emociones y sentimientos, y definitiva, en
cualquier tipo de actividad mental.
La neurociencia explora la relación del cerebro con la mente,
investigando las estructuras cerebrales, los mecanismos que rigen su
comportamiento y cómo se relaciona su funcionamiento con el de la mente. Se
trata de algo muy complejo (se dice que el cerebro humano es el objeto más
complejo del universo), que implica estudios a varios niveles (que van desde el
molecular hasta el de las grandes áreas del cerebro), a lo que actualmente se
dedica un gran esfuerzo investigador.
¿Qué se puede esperar de la gran
intensidad investigadora actual en este campo? Una respuesta podemos obtenerla
viendo lo que ha sucedido con el proyecto Genoma Humano: su lectura ha sido
posible, incluso en un plazo inferior al inicialmente estimado, gracias al
masivo esfuerzo investigador[3].

¿Qué aporta la neurociencia al conocimiento del funcionamiento de
ciertos aspectos de la comunicación? Desvela que tienen lugar algunos efectos
sorprendentes y que venían siendo insospechados.

La emisión y captura de
información, así como su procesamiento y los efectos resultantes de éste,
implican una actividad cerebro-mente, cuyo conocimiento nos viene proporcionado
por la neurociencia y que supera con mucho lo que podríamos imaginar. La
comunicación incluye aspectos que no es fácil intuir.

Por ejemplo, sabemos que una
parte importante de la comunicación está mediada por el sentido de la vista; no
merece la pena insistir en ello. Pero la vista nos permite percibir bastante
más de lo que nos imaginamos. Si queremos saber más acerca de lo que este
sentido puede aportar a los procesos de comunicación, nos vendrá bien conocer
la forma en que realmente funciona.

Hay que empezar por reconocer que se trata de un sentido ciertamente
complejo; parece ser que en la visión y el reconocimiento de lo que se ve
intervienen más de 20 áreas cerebrales distintas. Por ejemplo, La percepción
del color, la forma y el movimiento, aunque nos parece que constituyen
distintos aspectos de un único fenómeno, se trata en realidad de tres
diferentes, que se producen en distintas áreas del cerebro y que son integrados
por éste (de hecho, como resultado de un accidente puede ser dañado uno de
ellos, por ejemplo la percepción del color o del movimiento, conservándose la
funcionalidad de los otros dos). De forma similar, hay que distinguir entre la
percepción y el reconocimiento de las imágenes. En el reconocimiento de las
imágenes intervienen áreas cerebrales distintas, dependiendo de la naturaleza del
objeto a reconocer. Por ejemplo, intervienen zonas diferentes dependiendo de si
la imagen a reconocer corresponde a un rostro humano o a una herramienta.
Otros aspectos de la visión, que de algún modo tienen que ver con la
comunicación, son aún más sorprendentes. Por ejemplo, como resultado de algún
accidente que afecte a la corteza visual o a algunas estructuras que conducen
las aferencias sensoriales relacionadas con la visión que llegan a dicha
corteza, una persona puede sufrir una ceguera, de modo que deje de ver imágenes
como las que normalmente percibimos. Dicha persona dirá, con razón, que no ve
nada, a consecuencia de su ceguera. Sin embargo, como señala el Profesor Rubia[4],
refiriéndose al fenómeno de la “visión ciega”, en el año 1967 se hizo un
experimento en la Universidad de Cambridge, consistente en extirpar a un mono
la corteza visual primaria, lo que provocó la ceguera del animal.  A pesar de ello, al poco tiempo, el mono fue
capaz de andar evitando los obstáculos de su camino, que no veía en el sentido
convencional, pero que de alguna forma “detectaba” mediante su sentido de la
visión.
Poco más tarde, en la Universidad
de Oxford se hizo una investigación, en cierto modo similar, con un paciente
que, como resultado de una operación en el hemisferio derecho, se había quedado
ciego para el hemicampo visual izquierdo. Cuando se le mostraron unos puntos
luminosos situados en el hemicampo derecho, el paciente era capaz de señalar su
posición, pero cuando los puntos luminosos se localizaban en el hemicampo
izquierdo, el paciente decía que no los veía. Cuando le insistieron en que  al menos tratase de adivinar su posición,
señalando dónde pensaba que podrían estar, aunque no los viese, resultó que
señaló su posición con toda precisión. Se ha comprobado que esto sucede en el
caso de bastantes personas que sufre algún tipo de accidente que provoca el
deterioro de la corteza visual de su cerebro. El sentido de la visión les
permite localizar los objetos, aunque no sean conscientes de ello ni percibir
las imágenes,

Pero el tema no queda ahí. A la
pregunta de sí puede un ciego detectar la expresión de miedo en una imagen de
un rostro que se le muestre, la respuesta es que sí (siempre que la causa de la
ceguera se deba a daños en la corteza visual, y no en otras órganos, como por
ejemplo los ojos). ¿Cómo es posible esto?

La explicación simplificada sería la siguiente. Todas las aferencias
sensoriales, a excepción del olfato, llegan a una estructura cerebral llamada tálamo. A continuación, el tálamo reenvía la información a otras
partes del cerebro, que procesan, cada cual de una forma específica, dicha
información. En el caso del sistema visual, la información se envía a la
corteza visual, que es donde se generan las imágenes, pero también se dirige a
la amígdala, que es donde se generan
las emociones correspondientes al miedo. En su zona existen unas neuronas espejo, que permiten replicar
la sensación de miedo en un sujeto que contempla la expresión facial de miedo
reflejada en la cara de otra persona. De esta forma, las neuronas espejo de la
zona de la amígdala generan la emoción correspondiente al miedo en el sujeto
que tiene ante sí otra persona con una expresión de miedo reflejada en su
rostro. A través de este mecanismo, el ciego no ve el rostro de la persona asustada que tiene delante, pero percibe la emoción de miedo que producen
en él sus neuronas espejo, activadas por su amígdala, que responde a la
información que le llega a través del tálamo, que se supone que está intacto.
Es decir, el ciego no “ve la imagen” de la cara asustada que tiene delante,
pero “siente la emoción de miedo” generada a través del mecanismo indicado.
De forma similar, una persona puede detectar la expresión de
repugnancia reflejada en la cara de alguien que tiene delante y que recibe
directamente los estímulos repugnantes, por un mecanismo similar al que se
acaba de describir, con la diferencia de que en este caso, donde dirige el
tálamo la información que le llega procedente del ojo, además de a la corteza
visual, es a otra zona del cerebro llamada ínsula
anterior izquierda
, que es la que detecta la emoción de la repugnancia, la
cual es replicada, también en este caso, por las neuronas espejo
correspondientes. A través de este proceso, se genera igualmente dicha emoción
en la persona que observa a la que recibe directamente los estímulos repugnantes,
lo cual provoca en el observador las reacciones visceromotoras y la sensación física
que acompañan a la emoción de repugnancia: por lo tanto, dicho observador no
solamente ve la expresión facial del
otro, sino que además percibe en su cuerpo la citada emoción, como resultado de las sensaciones físicas que
experimenta.
En el esquema que se incluye a
continuación se representan de forma gráfica los procesos indicados,
correspondientes al sentido de la visión[5].




Esto pone de manifiesto que
nuestro sentido de la visión hace bastante más que generar imágenes en nuestra
corteza visual: sirve para captar una información que luego es transmitida a y procesada por distintas partes del cerebro, cada una de las cuales
saca unas “conclusiones”, que forman parte del complejo proceso global de
comunicación. Un aspecto muy interesante de todo esto es que sucede sin que
muchas veces seamos consciente de ello; es decir, que estamos “comunicando” sin
darnos cuenta de que lo hacemos ni de qué comunicamos, y esta comunicación
puede estar afectando a los resultados de la colaboración dentro de un grupo,
sin que sea consciente de ello el individuo que provoca este efecto. De forma
similar, podemos estar siendo receptores de la comunicación emitida por otros,
sin tener una plena consciencia de ello.

Con lo que se acaba de exponer se
pretende solamente presentar un ejemplo del modo en que los conocimientos del
campo de la neurociencia pueden contribuir a entender, y como consecuencia, a
gestionar mejor la comunicación entre las personas, y por tanto las distintas
actividades sociales en las que ésta tiene una influencia significativa, entre
ellas la colaboración entre los integrantes de un determinado colectivo, que
persiguen uno o varios objetivos comunes.

Para finalizar, es importante
destacar el gran esfuerzo investigador que se está llevando a cabo, por parte
de entidades del máximo nivel científico, dentro de los diversos campos de la
neurociencia; esto está permitiendo conocer mejor el cerebro y los fundamentos
de la actividad mental. De forma resumida, puede decirse que las personas somos
como somos y funcionamos como funcionamos porque nuestro cerebro es como es y
funciona como funciona. Por consiguiente, no sería sensato ignorar, al estudiar
cualquier aspecto del comportamiento de las personas, lo que la neurociencia
nos puede ayudar a entender.

Es más: debería alentarse una mayor presencia
de los neurocientíficos, junto con los psicólogos, sociólogos y otros expertos,
a la hora de buscar los modos de lograr una óptima
integración y estructuración de las capacidades individuales de los miembros de
un colectivo
, con vistas a la optimación de los resultados globales de
aquellos procesos es los que la colaboración sea uno de los aspectos clave.

[1] Esta
cuestión la trata dentro del capítulo 5. Por cierto, dicha publicación
constituye una obra magistral, en la que se exponen los fundamentos del
comportamiento humano y las estructuras cerebrales en las que se basa el mismo
[2]
En muchas partes del cerebro, la misma zona que se activa cuando se ejecuta una
acción, se ejecutan también cuando se recuerda, se ve a otra persona realizarla
o simplemente, se imagina.
[3]
En el proyecto Genoma Humano participaron unos veinte importantes grupos de
investigación de diversos países
[4] En su
libro “¿Qué sabes de tu cerebro?”, publicado por “Temas de hoy”.
[5]
Queda
aún mucho por descubrir en este terreno, pero algunos neurocientíficos piensan
que cada emoción es procesada por un sistema neural independiente, lo que
tendría la ventaja de una mayor velocidad en la detección de la emoción
correspondiente.  

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