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La desoccidentalización del mundo (I)

Traducido del original en francés

El Dossier nº 25 del Centro de Análisis Estratégico del Gobierno Francés publicado el 24 de abril de 2012, señala que los
estudios se multiplican para certificar el desplazamiento de la potencia
económica, pero también geopolítica y cultural, de las grandes naciones
industriales hacia los nuevos actores. China se ha convertido en motivo de
interrogantes e inquietudes. Y, a pesar de parecer animados por una visión
dinámica y realista de las relaciones internacionales, los países emergentes ¿consiguen
recuperarse a causa del modelo occidental?
Parece
surgir un nuevo orden mundial en el que se plantea la cuestión de una mayor
regionalización bajo la forma de grandes conjuntos homogéneos. La estrategia a
poner en marcha por Occidente para gestionar una transición entre líder incontestado y poder concertado permanece
intacta. ¿Cómo puede y debe movilizarse Occidente? 
Este documento ha sido
redactado sobre la base de los análisis presentados en el 25º Encuentro de la globalización de 7 de
marzo de 2012. La presidencia de este periodo de sesiones ha corrido a cargo de
Christian Lequesne director del CERI (Centro de Estudios e Investigaciones
Internacionales, en sus siglas en francés) que ha subrayado de entrada cómo Francia
en particular tiene problemas para definir la noción de Occidente, al contrario
que los países anglosajones. Vincent Chriqui, director general del Centro de Análisis
Estratégico, ha pronunciado el discurso de apertura recordando los principales
parámetros de desarrollo, que son: el crecimiento económico, la evolución
demográfica y la utilización de los recursos naturales.
¿Replanteamiento del modelo
occidental?
Por Jean-Michel Severino,
antiguo director general de la Agencia Francesa de Desarrollo
El ejemplo de una “joint-venture”,
en el ámbito de la construcción y los trabajos públicos, entre socios españoles
y senegaleses permite a Jean-Michel Severino ilustrar a título de entrada en
materia, cómo los esquemas de pensamiento habituales de los países occidentales
están deconstruyéndose a gran velocidad. Que la empresa senegalesa se preocupe
por «salvar» a su socio español conduce a una forma de ayuda pública al
desarrollo al revés.
El comienzo de las
exportaciones japonesas hace 50 años ha contribuido a crear un espacio
económico siempre más grande en aras de la satisfacción de las necesidades de
Occidente al mejor precio. En los años 1960, la debilidad del crecimiento
económico era producto de tasas de inversión insuficientes en base a un ahorro
demasiado débil. Existían dos posibles vías para remediarlo, la de las
inversiones directas extranjeras o la de las aportaciones de capitales públicos.
El crecimiento fue lento, progresivo, caracterizado por los déficits de la
balanza de pagos. Para esquivar estas dificultades, los países asiáticos, y
después toda una serie de países en desarrollo, han inventado entonces a través
de la práctica y sin ninguna teorización otro modelo basado en la exportación.
Todo se basaba en la venta de bienes industriales y de servicios, y en la venta
de una fuerza de trabajo gracias a la emigración.
Este modelo de gran
rendimiento ha permitido la salida de la pobreza de millones de individuos y
solo conoce hoy en día tres límites. El primero es la falta de profundidad de
los mercados desarrollados. No son actualmente más de mil millones de personas
de las que 6 millones alimentan los mercados de los países desarrollados y
envejecidos. Se superponen a ésto las tensiones sobre los recursos naturales
debido a los cambios medioambientales y a las evoluciones demográficas.
El segundo escollo conduce a
la emergencia de una crisis social con base en un incremento de las
desigualdades. Construido como contraposición al modelo capitalista fordista
donde la oferta crea su propia demanda, el modelo de los emergentes no tiene
necesidad de un mercado interior. Tiene incluso interés en la desaparición de
éste, en particular por una política de tipos de cambio apropiada y por el
estancamiento de los salarios en relación a la evolución de las mejoras de
competitividad. El desequilibrio de las estructuras sociales en los países
emergentes ha golpeado también a los asalariados menos cualificados de los
países desarrollados. La diferencia se ha hecho más profunda entre la parte de
la población más competitiva desde el punto de vista de la globalización, la
población activa movilizada por actividades de servicios, y la descualificada,
masivamente destinataria de mecanismos de redistribución.
La tercera dificultad reside
en el sobreendeudamiento de las sociedades occidentales, que ha llegado a ser
posible únicamente por la decisión de los países emergentes de convertirse en
acreedores de sus clientes occidentales. 
La convergencia de estos
límites es tal que es inevitable una ruptura. El dilema es de importancia para
los países desarrollados que deben ajustarse a esta nueva “economía-mundo” pero
que, si lo resuelven, harán planear un riesgo de quiebra a sus acreedores.
Incluso decididos a “apoyar a Occidente hasta lo insostenible”, los países
emergentes van a ser atrapados por la crisis salvo si los escenarios y las
estrategias de evolución emanan de ellos mismos.
El primer escenario se basa
en la transformación, a iniciativa de los países emergentes, de su modelo
económico volcado hacia la exportación en un modelo basado prioritariamente en
el crecimiento del mercado doméstico. Escenario que no tiene ejemplo en la
historia sino es el de Japón en los años 1980, pero donde la iniciativa ha sido
frenada por la reevaluación del yen reclamada por los Occidentales. China
intenta esto. Nadie dice que va a tener forzosamente éxito, pero puede
sorprender. De todas formas no se realizará en el decenio que viene a la vista
de la amplitud de las reformas necesarias.
El segundo escenario otorga
la capacidad de los países desarrollados a transformar sus propios sistemas.
Existen varias pistas, de la puesta en competitividad del coste del trabajo, o
toda una agenda de modernización centrándose en particular sobre una
calificación acrecentada de la población.
Un tercer y último escenario
se vincula a dibujar las perspectivas de evolución de los países fuera de la
OCDE hoy en día los más pobres. Si continúan prefiriendo el modelo económico
orientado a la exportación, los movimientos recesivos son de temer. Pueden, a
la inversa, sea optar por un modelo basado en el crecimiento doméstico, sea
convirtiéndose en suministradores de bienes y de servicios en dirección a los
países emergentes actuales. Podrían entonces llegar a ser recicladores de
capitales, a imagen de lo que pasó en los años 1970 con los petrodólares, donde
la afluencia cambió muchas cosas.
La ayuda al desarrollo no
debe ser considerada como una política de segunda fila, sino como un
complemento a las estrategias de salida de la crisis. Va a ser preciso poner en
marcha simultáneamente toda una serie de políticas convergentes hacia el restablecimiento
de los equilibrios. En un “mundo desoccidentalizado por su propio bien”, los
países occidentales podrán entonces continuar beneficiándose de la ventaja que
constituye el hecho de ser ya rico. 
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