Icono del sitio Fundación Novia Salcedo. empleo, emprendizaje, futuro.

Prosperidad con o sin crecimiento

En la página de ATRIO http://www.atrio.org/, espacio abierto entre lo sagrado y lo profano, donde escribe nuestro buen amigo Antonio Duato, encontramos una interesantísima reflexión del  teólogo y filósofo brasileño
Leonardo Boff dedicada a la prosperidad de los países, ya sean éstos desarrollados, o pobres
y emergentes.

 
En opinión de Boff, esta crisis ecológico-social que se extiende por
todos los países está obligando a repensar el crecimiento y el desarrollo, de
la misma manera que sucedió en la conferencia Río+20. Los modelos
hasta ahora vigentes se muestran insostenibles,  señala y
 por esta razón, son muchos los analistas que afirman
que los países desarrollados deben superar el fetiche del desarrollo/crecimiento sostenible a toda costa. Los países
desarrollados no necesitan crecer porque lo han conseguido prácticamente todo
para una vida decente y libre de
necesidades.
En lugar de crecimiento/desarrollo, entonces, se impone una
visión ecológico-social: la prosperidad
sin crecimiento (mejorar la calidad de vida, la educación, los bienes
intangibles).
Sin embargo, en los países pobres y emergentes se necesita prosperidad con crecimiento. Porque
ellos tienen la urgencia de satisfacer las necesidades de sus poblaciones
empobrecidas, que representan el 80% de la humanidad.
 
Boff se cuestiona si es sensato
perseguir el objetivo central del pensamiento económico “industrialista/consumista/capitalista”
que planteaba la pregunta: ¿cómo ganar
más?
, y que suponía la dominación de la naturaleza en favor del beneficio
económico. Y constata que la realidad ha cambiado y ahora la pregunta es otra: ¿cómo producir viviendo en armonía con la naturaleza, con todos los
seres vivos, con los seres humanos y con el Trascendente?
Respondiendo a esta pregunta las personas decidiremos si
hay prosperidad sin crecimiento para los países desarrollados y con crecimiento
para los pobres y emergentes.
 
Leonardo Boff ilustra esta idea distinguiendo cuatro tipos de capital: el natural, el material, el humano y el
espiritual
. Y los define de la siguiente manera: El capital natural está
formado por los bienes y servicios que la naturaleza ofrece gratuitamente. El
capital material es el producido por el trabajo humano (aquí hay que considerar
bajo qué condiciones de explotación humana y de degradación de la naturaleza ha
sido construido). El capital humano está formado por la cultura, las artes, las
visiones del mundo, la cooperación, es decir, realidades pertenecientes a la
esencia de la vida humana (aquí es importante reconocer que el capital material
ha sometido al capital humano a distorsiones, pues ha hecho también mercancía
de los bienes culturales). El capital espiritual, por último, pertenece también a la
naturaleza del ser humano que se pregunta por el sentido de la vida y el
universo, lo que podemos esperar más allá de la muerte, los valores de
excelencia como el amor, la amistad, la compasión y la apertura al Trascendente…
y aquí, Boff repite lo mismo que antes, que debido al predominio de lo material,
lo espiritual se encuentra anémico y no
puede mostrar toda su capacidad de transformación y de creación de equilibrio
y de sustentabilidad a la vida humana, a la sociedad y a la naturaleza.
 
El gran desafío que se presenta a las personas es hoy día cómo pasar del
capital material al capital humano y espiritual. Teniendo en cuenta la
necesidad de un cierto crecimiento material para garantizar -con suficiencia y
decencia- el sostenimiento material de la vida, lo humano y lo espiritual no
eximen del capital material. Sin embargo, no podemos restringirnos a un
crecimiento con prosperidad porque éste no es un fin en sí mismo, se ordena al desarrollo integral del ser humano, destaca Boff.
 

En este orden de cosas, Leonardo Boff rescata autores de gran talla humana como el premio Nobel de economía 1998, el indio Amartya Sen, que en su libro “Desarrollo
y libertad” (Planeta 2000), definió el desarrollo como “el proceso de expansión de las
libertades sustantivas de las personas”. No se trata pues de atender a la
nutrición y a la salud como base para cualquier prosperidad, no solo es eso, sino que lo
decisivo reside en transformar al ser humano. Para Amartya Sen es fundamental
la educación y la democracia participativa, donde todos deben sentirse incluidos
para, unidos, construir el bien común.  El crecimiento/desarrollo que busca la
prosperidad supone entonces la ampliación de las oportunidades de modelar la
vida y definirle un destino. El ser humano se descubre un ser utópico, es
decir, un ser siempre en construcción, habitado por un sinnúmero de
potencialidades. Crear las condiciones para que puedan salir a la luz y sean
implementadas es el propósito del desarrollo humano como prosperidad. Se trata
de humanizar lo humano. Al servicio de este propósito están los valores
ético-espirituales, las ciencias, las tecnologías y nuestros modos de
producción.

 

Y Leonardo Boff puntualiza que este capital
humano y espiritual «cuanto más se usa más crece, al contrario del capital
material que cuanto más se usa más disminuye. 
Mientras concluye su reflexión con esta sentencia esperanzadora: Tal vez sea este el gran legado de
la crisis actual»
.

Salir de la versión móvil